jueves, 22 de septiembre de 2011

About a girl

El la quería, o al menos, creía haberla querido. No podía evitar recordar los meses que habían pasado juntos. Los paseos por el parque, las cenas en los restaurantes de comida rápida más baratos y las copas en las terrazas de moda más caras. Los toques con el móvil que significaban tequieroestoybienmeacuerdodetiytehechodemenos y los mensajes de buenasnochesmiamorbuenosdiasprincesa. Cumplían todos los tópicos, eran una pareja normal. Aunque lo que en realidad más añoraba era los momentos que consideraba suyos, esos que no se volverían a repetir con nadie más. La costumbre de ella de frotar sus narices igual que los esquimales, las excursiones de una día que acababan siendo una aventura mochilera y los besos robados en el portal.

Ella era una niña muy madura o una mujer muy infantil. Sus ojos pardos eran adultos en contraste con su boca provocadora, demasiado grande para aquel fino rostro enmarcado por su pelo oscuro. Alta y algo rellenita, llamaba la atención. Tan solo era tres años más joven que él, pero a su padre no le parecía correcto. Dieciocho años y aun a escondidas.

El recuerdo de su risa resonó en sus oídos. Aquella risa que decía ven. Y él iba. Era tan atrevida… Se sonrojo solo de pensar en aquellas noches apasionadas en lugares indiscretos. Dos cuerpos fusionados en un movimiento rítmico. Lo recordó como una maraña de besos, caricias, sudor y risas. Dolores de espalda y arañazos en los lugares más insospechados el día después.

Pero ya no era suya. Un error, un desliz la había hecho perderla. Un conjunto de luces, colores, copas y cigarrillos era lo único que recordaba de aquella noche. Una mirada seguida de una sonrisa. Un susurro y un movimiento de cadera. Y se encontró a si mismo en el baño de un bar, entregando su pasión a un cuerpo distinto, mirando unos ojos burlones y acariciando una larga melena rubia.

La culpa y la vergüenza pudieron con su conciencia. Una semana más tarde se derrumbo y confesó. Ella lo odio desde aquel instante. No lloro, ni lo insulto, ni siquiera le pego. Sino que le infligió la peor tortura que se le puede hacer a un hombre.

Una tarde lo llamo y le suplico que por favor fuese a su casa. El apareció al instante, en su mente tenía ya las palabras perfectas para recuperarla. Ella lo recibió vestida tan solo con un ajustado vestido negro. Con un ronco ronroneo lo invito a pasar. Sin darle tiempo lo arrojo encima del sofá y le ato las manos. Mirándole a los ojos empezó a desnudarse. Sus pechos estaban más tersos que nunca y su cadera le apremiaba. Mientras ella se acariciaba, su erección se hacía más pronunciada. Necesitaba poseerla. Ella se le acerco y se le sentó encima. Lo desnudo y se restregó contra él. Dejo que le acariciase los pezones con la boca y que su lengua se adentrara en sus profundidades. Su cuerpo ardía, de deseo y pasión. Ella se monto encima de él y sus cuerpos se fundieron en uno. Le hizo el amor salvajemente hasta que los dos llegaron al nirvana con un gemido gutural. Sudando se separo de el y le dijo las palabras más hirientes que él podía escuchar:

“Nunca jamás disfrutaras como hoy, porque siempre te he follado pero hoy te he hecho el amor”.

No tardo mucho en verle otra vez. Subiendo a una moto y agarrándose de la cintura de un Hércules cualquiera. Pelo rubio y corto, ancha espalda y bronceado de playa. Amplia sonrisa blanca casi tan brillante como sus ojos verdes.

Aquella imagen se repitió una y otra vez. Ella y él en el parque. Ella y él en la playa. Ella y él en la noche. Ella y él en sus sueños.

Y entonces lo comprendió, que la quería o que al menos creía haberla querido.

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